Me dispongo a escribir mi primera recomendación en esta página de Café con Palabras. Página totalmente recomendable, por otro lado, para los que padecemos ese bendito mal del amor por los libros y todo lo que rodea a estas “cajas de papel mágicas”. En esta ocasión os voy a presentar uno de mis trabajos, “50 Lugares Mágicos de Cantabria”, aportando un pequeño resumen de uno de sus capítulos, así como una breve descripción de los derroteros que conllevó su escritura. Espero que os guste…

Título: 50 Lugares Mágicos de Cantabria

Autor: Fran Renedo Carrandi

Editorial: Cydonia (Santiago de Compostela)

Año de publicación: 2015

Páginas: 240

ISBN: 978-84-943810-4-1

Desde las escarpadas cumbres al sinuoso litoral, y desde el oriente al occidente, este libro guía al lector por una tierra que le dio nombre a un mar. Atravesando senderos y barrancos, descubriendo montes sagrados y visitando ermitas perdidas y enclaves urbanos, el autor realiza un viaje por los mitos, leyendas y tradiciones cántabras. Entre sus páginas, y en los distintos lugares propuestos, el lector conocerá tradiciones seculares, mitos paganos y creencias piadosas que forman parte de la cultura de Cantabria.

Este singular recorrido puede realizarse cómodamente sentado e inmerso en la lectura, o bien recorriendo cada uno de los lugares indicados. Por este motivo, para cada enclave se incluyen precisas indicaciones sobre cómo llegar y las coordenadas GPS para aprovechar las nuevas tecnologías. Buen viaje.

 

Extracto del capítulo dedicado a la leyenda de la ermita de San Miguel, en La Penilla de Cayón:

Por todo el país existen historias y leyendas relacionadas con las campanas a las que se les atribuyen propiedades sobrenaturales y misteriosas. Una de las más singulares y poco conocidas tuvo lugar en la recóndita ermita de San Miguel de Monte Carceña, en el pueblo de La Penilla de Cayón. Campanas que en muchos lugares eran herramientas supersticiosas necesarias para calmar tempestades y proteger así la cosecha, ahuyentar a las brujas de un territorio determinado o simplemente, con su sonido, utilizarlas como talismán para rechazar los malos espíritus. Ciertamente este vetusto objeto ha sido durante siglos medio de comunicación ancestral entre vecinos de comarcas enteras. En Cantabria tiene relevancia notable la fabricación campanera, por sus magníficos artesanos localizados en Meruelo, Trasmiera, con un museo magnífico dispuesto a tal industria en el que se pueden contemplar curiosidades de este oficio que bien se podría denominar como arte.

Pero situándonos de nuevo en la plaza que nos ocupa este capítulo, La Penilla de Cayón, en su ermita de San Miguel, la tradición recoge que justo cuando se acabó de construir este pequeño templo, se fabricaron para ella dos campanas de pequeño tamaño, echándose al caldo o colada de la fundición unas monedas de plata, como era menester y costumbre, resultando en esta ocasión tan bien prevista la proporción de metales, que se obtuvo un sonido campanil de excelentes características, muy vivo y perceptible a muchas leguas a la redonda. Algunos aseguran que su eco se escuchaba hasta en las mismísimas calles  de la capital santanderina. Tal era el bonito y potente sonido, que un mercader que vivía en dicha capital y era experto en metales preciosos, se quedó maravillado al escuchar el sonido de aquella campana lejana.

Fue tanta la admiración que el comerciante sintió, que pronto deseo tener en su poder aquel excelente objeto, por lo que contrató a dos rufianes para que, ocultándose en la penumbra de la noche, robaran las campanas. Y así se llevó a cabo: en la oscuridad, los dos ladrones, con gran trabajo consiguieron desmontar los ingenios que ataban el preciado botín al campanario. Pero cuando llegaron al yugo que sujetaba la primera campana, ésta, de manera prodigiosa y sobrenatural, comenzó a agrandarse, siendo imposible poder sacarla por el arco del campanario. Exhaustos por el trabajo, decidieron abandonarla e intentar robar la otra, pero de nuevo se encontraron con tal milagro, sin poder hacerse con ninguna de las dos piezas por las propiedades misteriosas que adoptaban cuando se las quería sacar del campanario.

Y con esa faena agotadora transcurrió la noche, cuando los malhechores fueron sorprendidos por el alba, cansados y muy enfadados por su empeño en balde. Locos de ira, decidieron hacerlas una hendidura a ambas campanas, para que al menos perdieran sus propiedades sonoras tan extraordinarias, esta sería su particular venganza, impotentes al no poder llevárselas.

Y los que tienen por buena esta historia, los más viejos del lugar, advertirán al viajero que antes de que las campanas fueran destruidas en la Guerra Civil para utilizar su metal como metralla, allá por el año 1936, las hendiduras a que se refiere la leyenda realizadas por los malvados ladrones aún eran visibles.

Autor: Fran Renedo Carrandi

 

WhatsApp chat